Ya no sentía la espera nefasta de la primera
salida. Aguardaba su mirada, sin titubeos. El incendio clandestino de sus
labios. Pedí un café, mientras los trenes de Retiro calmaban la añoranza de los
hogares. Recordé los lazos que corte para estar con vos. Y como cortamos
nuestro lazo alguna vez, pero aun haciéndolo incontables veces ese lazo seguirá
teniendo el mismo color.
Esa tarde de Abril el verano se marchitaba
con un calor arrasador. Volvíamos del colegio, hace mucho que salíamos juntos y
como un secreto a la luz del diván nos exhibíamos en inocencia. ¿Tus lentes
serán una molestia al besarnos? – te fulmine mirando los tejados que se llenaban de hojas.
Vos sonrojaste, me hiciste una mueca y algún insulto tierno me regalaste. Seguimos hasta bifurcarnos
con un beso estrepitoso para “no ser notados”. ¿Cuál era el problema? Pensaba
consternado. ¿Sera virgen? No lo descartaba, pero creo que podía afirmarlo. Los
días de otoño son indecisos, frio, calor, lluvias y humedad. Todo importaba poco, dolías más de lo que podía aguantar. ¿Cómo
será tu cuerpo? ¿Qué mirada me concederás al verlo?¿ Cómo es el sexo entre dos
hombres? ¿Por qué no sabía ni una pizca de tu futuro?¿ Porque me costaba vernos
como lo estábamos hoy? Eran muchas cosas que con vos quería averiguar. Pero no
ayudabas. Pareció que no había forma de
llenar ese vacío y un eco sin respuesta está siendo tu amor. Así concebí la primer cicatriz que tuvo mi
alma. Cabe aclarar, cortamos.
Las hojas este año molestan, insisten en ser
pisadas, en tapar las canaletas y los conductos cloacales. Los vecinos y mis
padres cooperan con animales para así poder sacarlos. Pero los tejados siguen
cubiertos, el roció moja mis ropas y te pienso. Con tu camisa pantalón adentro,
el castaño cabello que cubre tus blancas orejas, las pecas de tu frente (Seis)
y sus anteojos nítidos leyendo la partitura de una canción que apenas podes
tararear. Tecleo tu contacto, Whasap no me satisface, la espera me reniega y te
llamo esperando tu voz ronca, que podrá
no querer decir nada ya que no deseas hablarme, pero aun así sentimos lo mismo,
nos preocupa lo mismo. Atendes. Antecedo tu silencio para que no vaciles.
¿Dónde estás?- Retiro, dijiste.
Sentí esa suplica de rescate, y no pregunte
innecesaridades como ¿Qué haces ahí? ¿Puedo verte? ¿Me extrañas? Los cobardes
preguntan sus miedos en estos casos, los valientes aman tanto que surgen de ese
suplicio estresante que gotea por la frente.- Voy para allá, espérame”- corte.
Cuando lo vi sentarse enfrente a mi todo en
sudor, su cara colorada, sus pelos revoloteados y esos ojos negros
despampanantes, reí un poco debo decir, como esa tarde de cielo arrebol en
abril. – ¡Quiero besarte!- gritaste. Afuera la gente cual turistas se detenían
a observar, bastante gente del café empezó a murmurar en voz baja. En voz baja respondí-
¡NO!- me exalte un poco más de lo que esperaba y en voz baja íntimamente continúe- Hay mucha
gente alrededor- por eso- y me besaste. Un tempo de reacción sublime,
endemoniado mejor dicho. El chasquido de las tazas de café ajeno ceso, un mozo
tiro la bandeja con el pedido de la mesa diecisiete y deje de mirar alrededor
para verte, todo estirado atravesando la mesa, mojando tu remera de Mazinger Z y tus manos temblantes sobre la mesa nos sostenías,
tu labio sabia a pasta dental y tus ojos
los cerrabas con mucha, muchísima fuerza. La lluvia galopante tamboreaba el
techo de la estación, y mi cuerpo se relajaba, se iban desatando los nudos de
tu ausencia y de a poco te dejaba aproximar más y más. Mi lengua hablaba tu
dialecto y mi corazón pensé no percibirlo hasta que toque tu pecho y ahí estaban
los dos, al mismo ritmo.
Nos fuimos
sin pagar aquella vez, la policía nos escoltaba al metrobus y la gente nos
insultaba y miraba como dos depravados indecentes. Mi boca estática seguía
relamiendo tu frescura, esa pasión que enervo mis miedos.. Nos abrazamos en la
Plaza San Martin bajo un palo borracho gordísimo y fue todo. En la cuesta no
voltee a contemplarte, el crujido de las hojas suspiro y entendí que no
estábamos enlazados por el destino, sino que sostenía tu mano a voluntad de un
fuego tibio. Éramos el humo de unas
brasas que solo a nosotros podían quemar.
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